No molestar, creando

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CoBrA

En 2018 celebramos el setenta aniversario del nacimiento del grupo Cobra, acrónimo que, por sus espacios y artistas de referencia, hermanó a través del arte las ciudades de Copenhague, Bruselas y Ámsterdam hasta el año 1951. Las influencias de sus miembros (que con anterioridad habían sufrido la tan extendida condena de la época de practicar un arte degenerado) partían directamente del expresionismo, pero también de la lectura de Sigmund Freud por los surrealistas (concibiendo la imaginación no como fuente únicamente cognitiva sino también y sobre todo plástica, visual); en particular, fueron esenciales al inicio las obras de Pablo Picasso, Wassily Kandinsky, Joan Miró o Paul Klee, en un ideal común de combate por la sociedad y la creación libres, de inspiración marxista. Como afirma quien es quizá su máximo experto, Willemijn Stokvis, Cobra y el movimiento Dadá son comparables desde muchos ángulos: ambos coincidían en la experimentación y la técnica plural y multiforme pero se oponían entre sí en el tono (el primero buceaba en las interrelaciones positivas de la vida y el arte, mientras que el segundo exponía un sarcasmo negativo contra el sistema y su tiempo). Elemento imprescindible, junto a la abstracción lírica francesa y los trabajos de Jean Dubuffet, en la northern Romantic tradition sucesora del informalismo (contradiciendo al crítico Robert Rosenblum, que sólo incluía el expresionismo abstracto de Estados Unidos), Cobra puede considerarse heredero del espíritu de las Revoluciones, del Romanticismo alemán de los nazarenos o del Arts and Crafts inglés. De Alechinsky y Appel a Jorn y Nieuwenhuys, pasando por Constant, Corneille o Dotremont, un gran «monstruo mitológico» amante del primitivismo y la espontaneidad, frente a la estética y el intelectualismo parisino.

Álvaro Campos Suárez
(Manual de Uso Cultural,
marzo-abril ‘18)